Los Eudistas, comprometidos con la cultura del buen trato

Los Eudistas, comprometidos con la cultura del buen trato

“Preocupados porque la Iglesia tenga siempre buenos pastores, colaboran, según sus posibilidades y el llamamiento de los obispos, en suscitar vocaciones, en la formación y en el servicio a los presbíteros y demás ministros”[1], así rezan las Constituciones de la Congregación de Jesús y María, texto normativo que enmarca el ser y el hacer de los eudistas, y que se aproxima a describir el principal adjetivo con el que se conocen a estos obreros del Evangelio, formadores. Es importante señalar, que la dimensión de la formación en nuestro tiempo, en comparación con la época del surgimiento de nuestro carisma, ha tenido un encuentro con una necesaria reingeniería o adaptación, que arropa la misión del consagrado y la misma vida, con el objetivo primordial de que “todos los hijos de Dios dispersos, se reúnan en la unidad” (Jn 11,52).

El inicio del nuevo milenio se dio a la sombra de una serie de escándalos que marcaron la misión de la Iglesia norteamericana debido a la publicación, por parte de la prensa secular, de una investigación que daba cuenta de una serie de abusos por parte del clero en la Iglesia de Boston, Massachussets, en los Estados Unidos; eso abrió el tema a escala pública y destapó una serie de verdades que colocaron el ojo colectivo en la Iglesia de Jesucristo.

Ante todo, al darle una mirada a la situación de los abusos en el seno de la Iglesia, obligatoriamente debe situarnos en el semillero del ministerio sacerdotal, la formación inicial. Ya en el entorno eclesial se ha tomado conciencia de la necesidad de una profundización en una serie de aspectos, entre ellos, el aspecto motivacional de un aspirante al sacerdocio, y más aún en el entorno de la formación eudista. Según el padre Hernán Alzate cjm, hay que basarse en “la lectura del ser humano que vive constantemente en la tensión de una polaridad la cual no es coincidencia del vivir sino una característica de su configuración”[2]. Vienen a nuestra mente las preguntas ¿qué valores lo mueven? ¿cuáles son sus necesidades?, ejercicio que sólo es posible por medio de un acompañamiento verdaderamente cercano que pueda penetrar los deseos, impulsos, heridas, anhelos, todo su universo personal, inclusive el de su pasado, entorno familiar y de allegados, pues muchos son los elementos del proceso de crecimiento de una persona que desarrollan trastornos o patologías que puedan desembocar en un sinfín de abusos – no sólo sexuales – también de autoridad, poder o consciencia.

Con juicios inmediatos, en nuestros días se señala la figura del clérigo y se le vincula de manera tajante y lapidaria con el perfil de pedófilo o abusador, dada la negativa afectación que la masificación de las noticias ha hecho contra la imagen del consagrado; sin embargo es válido destacar que según estudios que las propias ciencias humanas han realizado a individuos “no es posible indicar un tipo de correlación directa o comorbilidad en la que puede ser más prevalente una parafilia u otra”[3] (…) “el pedófilo tiene el aspecto de un hombre común, no tiene ningún signo distintivo del cual se deberá desconfiar. Es un tipo banal y muy astuto, dotado de gran sensibilidad, un manipulador experto”[4], de allí que el mito de la consagración sacerdotal como medio de transformación de un hombre en abusador, comenzaría a derrumbarse.

A la par de estos estudios, la Iglesia ha asumido una actitud correctiva y preventiva frente a la ocurrencia de los abusos, que con el correr del tiempo, se han visibilizado mucho más en distintos puntos del globo terráqueo y han endurecido las medidas que desde la curia romana son dictaminadas.

Alrededor del año 2002, a propósito de lo ocurrido en la costa este norteamericana, se dio un hito importante y fue la posición asumida por la Conferencia Episcopal Nacional de los Estados Unidos, la cual se comprometió a afrontar el tema con la implementación de unas líneas guías que rigieran el accionar en este ámbito, conocidas como el “Dallas Charter 2002”.

Este paso se da a la par de una serie de acciones impulsadas por los tres Pontífices que han ocupado la Sede de Pedro en las últimas dos décadas, esto ha permitido que se vaya madurando la postura de la Iglesia en términos de atención de los abusos; en este orden se pueden mencionar los esfuerzos hechos por el entonces Papa Juan Pablo II con el Motu Proprio “Sacramentorum Sanctitatis Tutela”, la explicación, ampliación y actualización de esta carta, hecha por el Papa Benedicto XVI en el 2010, el Motu Proprio “Como una Madre amorosa” escrito por el Papa Francisco en el 2016, como carta a los Obispos, pidiendo diligencia en la protección de los más débiles,  el Motu Proprio “Vos estis lux mundi”, publicado en el 2019 por el actual sucesor de Pedro, el cual concreta las normas que deben regir a la Iglesia en caso de abusos, particularmente el rechazo al encubrimiento de los mismos. El más reciente de los instrumentos es el Vademécum sobre algunas cuestiones procesales ante los casos de abuso sexual a menores cometidos por clérigos, el cual no es un texto normativo ni legislación, es un manual (primordialmente para juristas) que busca guiar a quienes deban establecer la plausibilidad de una acusación cuando un clérigo es señalado de abuso de menor.

Todo esto ha significado un largo camino de dolor, pero que a la vez se ha transformado en acción y ha llevado a la Congregación de Jesús y María a entrar en sintonía con una cultura que preserve la dignidad de las personas, muy en sintonía con el llamado del Papa Francisco reflejado en Gaudium et Spes, “A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior… atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar[5]. Con la realización del Foro para dar a conocer las Normas aplicables a la Congregación de Jesús y María en materia de abusos, el padre Jean-Michel Amorioux cjm, Superior General de los Eudistas, dio un paso adelante en la apropiación congregacional de un tema que mancha actualmente a la Iglesia y ha dejado profundas heridas en el mundo entero. Es el signo de la apertura de una nueva cultura o modo de vida del “buen trato”, que desde la CJM debe permear nuestra Iglesia y espacios de misión en general.

A partir de las directrices dadas por el Papa Francisco, cuatro acciones han de guiar a la Iglesia en el caso de presentarse un abuso: 1. Aprender de nuestros errores; 2. Afrontar el problema; 3. Asumir políticas de protección y 4. Atender a las víctimas. En un espíritu de comunión, Monseñor Luis Manuel Alí, Obispo auxiliar de Bogotá y miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, disertó junto a una importante población de candidatos, incorporados y asociados a la CJM, los 5 principios que han de regir a la Iglesia en este tema:

  1. Responder con celeridad ante toda acusación.
  2. Retiro del perpetrador de sus responsabilidades ministeriales.
  3. Reporte a la ley civil y cooperación con la misma.
  4. Preocupación por el bienestar emocional y espiritual de las víctimas y sus familias.
  5. Confidencialidad de los implicados y atención a los miembros.

Bien vale aclarar, que todas estas acciones actuales fueron abordadas por el Papa Francisco en un encuentro denominado “La protección de los menores en la Iglesia”, realizado del 21 al 24 de febrero de 2019, en el cual estableció 8 pautas que marcarían la guía del accionar eclesial en adelante. La primera establecería el cambio de mentalidad de la Iglesia “para combatir la actitud defensiva-reaccionaria de salvaguardar la institución, en beneficio de una búsqueda sincera y decisiva del bien de la comunidad”; la segunda, “la Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso (Discurso a la Curia Romana, 21 de diciembre 2018); tercera, “se necesita imponer un renovado y perenne empeño hacia la santidad de los pastores (…) se reitera entonces su firme voluntad de continuar, con toda fuerza, en el camino de la purificación; cuarta, “la exigencia de la selección y de la formación de los candidatos al sacerdocio con criterios no solo negativos, preocupados principalmente por excluir a las personas problemáticas, sino también positivos para ofrecer un camino de formación equilibrado a los candidatos idóneos, orientado a la santidad y en el que se contemple la virtud de la castidad”; quinta, “reafirmar la exigencia de la unidad de los obispos en la aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación”; sexta, “Acompañar a las personas abusadas, pues el mal que vivieron deja en ellos heridas indelebles que se manifiestan en rencor y tendencia a la autodestrucción”; séptima, “la protección de los menores debe tener en cuenta las nuevas formas de abuso sexual y de abusos de todo tipo que los amenazan en los ambientes en donde viven y a través de los nuevos instrumentos que usan, como es el caso del internet”; y octava, “para combatir el turismo sexual se necesita la acción represiva judicial, pero también el apoyo y proyectos de reinserción de las víctimas de dicho fenómeno criminal. Las comunidades eclesiales están llamadas a reforzar la atención pastoral a las personas explotadas por el turismo sexual”[6].

En la misma línea, la Congregación de Jesús y María ha hecho lo propio para “garantizar que el pueblo de Dios encontrará en ella un espacio seguro en el que no tenga cabida ningún tipo de abuso”[7], y para ello ha construido un documento que procura ante todo “prestar atención a las personas, principalmente a las víctimas, para asegurarse de que sean escuchadas y acompañadas, el establecimiento de una serie de normas y protocolos aplicables en caso de denuncias de abusos   sexuales a menores o personas vulnerables, además del fortalecimiento de la formación inicial y permanente de los eudistas y de todos los que colaboran con nuestra misión en orden de crear ambientes seguros.

Es un compromiso no sólo como hombres, sino especialmente como aquellos que hemos sido llamados a una misión especial en nombre de Dios, adhiriéndonos a nuestras Constituciones (n. 16) “los Eudistas son solidariamente responsables de la vida y del apostolado de la Congregación”, pues “recuerden que una sola alma es un mundo delante de Dios”.[8]

José Andrés Hurtado Soto

Candidato Eudista – Provincia Minuto de Dios

Referencias:

[1] Constituciones 2

[2] La Formación de Jesús en nosotros, p 207

[3] Pacciolla et al., 2016, p. 17

[4] Pittet et al., 2017, p.55

[5] La Formación de Jesús en nosotros, p 208

[6] Discurso del Santo Padre Francisco al final de la Concelebración Eucarística

[7] Normas abusos CJM 2021, p 2

[8] OC X pag. 480

 

 

 

 

 

«Aquí estoy, envíame, la misión eudista de remar mar adentro»

«Aquí estoy, envíame, la misión eudista de remar mar adentro»

Una breve perspectiva de la vivencia congregacional de su misión fundacional.

“Los Eudistas actuales debemos tratar con grandeza de alma e in­mensa gratitud nuestra historia familiar, construida sobre el heroísmo de nuestros antepasados y regada con la sangre de nuestros mártires”[1]

Gerardo Velásquez Morales Cjm

Al aproximarse los 400 años de la fundación la Congregación de Jesús y María, los Eudistas hacen un giro paradigmático en su visión interna. Sin perder su esencia, han pasado de una lectura de vida comunitaria que se embarca en la misión, a la construcción de una comunidad reunida en torno a una misión. Esto es, la misión es la que los convoca y, por ello, han pasado de estar “juntos para la misión” a “para la misión juntos”[2] Y aunque parece ser un juego de palabras, que podrían no tener una trascendencia epistémica ni un impacto en el ser Eudista, evidentemente tiene una profunda relación en la vivencia de la comunidad.

Así pues, para comprender los hechos que motivan a este giro es necesario hacer una lectura del heroísmo cristiano vivido en la escuela de San Juan Eudes, pues, los Eudistas a imitación de su padre fundador, comprenden que la formación de Jesús es una necesidad vital para el pueblo santo de Dios. Y en este proceso gestacional y de encarnación dejan al lado sus diferencias humanas, culturales y sociales y se embarcan en la tarea de «Remar mar adentro» (Lucas 5, 4)

Ya lo enseña el recordado padre Teodoro Hamon cjm, sacerdote francés, quien, ante el llamado de su superior general, padre Ángel le Doré cjm, para ir a tierras colombianas e iniciar allí una nueva misión pronuncia las palabras que deberían de convertirse en la respuesta a las obediencias misionales de todo Eudista: “ECCE EGO, MITTE ME”. (Aquí estoy, envíame) Palabras que interpelan y retumban aún en los claustros, casas de formación y comunidades locales de los Eudistas en América.  Y que han quedado grabadas en la hermosísima capilla de Cristo Sumo Sacerdote del seminario Valmaría en Bogotá como signo de la valentía y el tesón Eudista.

Y ¿para qué embarcarse en un mar tempestuoso? Los fundadores y superiores de la Congregación son Jesús y María y este punto de referencia no se puede perder en la vida de ningún Eudista, ni de aquel que inicia su tiempo de probación ni del que ha entregado su vida en la edificación de la comunidad. En esa embarcación que navega hacia mar adentro los Eudistas viven el proceso remembranza de sus orígenes y en consecuencia, bien lo enseña el recordado padre Gerardo Velásquez cjm “la misión fue un acto de encarnación”[3]

La formación, como se ha dicho anteriormente, implica un proceso de gestación y alumbramiento. Y claramente no es un proceso fácil, sino que exige en el hombre una fuerza espiritual y anímica que solo podrá venir de Dios pero que siendo necesario es vital, pues el proceso de encarnación enriquece con nuevas luces, vidas y grandezas la vida y el carisma de la congregación. En el fondo, asumir una nueva misión es prologar el misterio de la encarnación, asumir las realidades a las que son destinados no como espectadores sino como miembros.

Solo se puede gestar si se entra en sintonía con los dolores profundos de las personas. Los Eudistas no llegan a Colombia con aires colonizadores o añoranzas de su tierra de origen, sino que encuentran que la tierra que los acoge necesita que se comience una fuerte labor en la construcción de una humanidad nueva.  Los Eudistas comprometen su vida en la futura Provincia de Colombia a crear hombres nuevos desde el corazón de Dios, y así como en Francia resonó el impactante “ECCE EGO, MITTE ME” en Colombia retumban las palabras de Monseñor Eugenio Biffi “EL VERBO DE DIOS SE HA HECHO CARNE”[4]

Al tiempo, la misión Eudista llegó a las tierras canadienses y éstos acogen a los franceses que han salido por la Revolución. Los Eudistas llegan a las inhóspitas tierras con factores ambientales y geográficos en contra, pero su convicción los impulsó al trabajo con tesón en la formación de Jesús. Así lo enseña el padre Ricardo Chinchilla cjm: “el espíritu Eudista es el que trabaja en la tempestad con alegría” y así la misión se logra, creyendo lo que el fundador dijo: ver en todo, la voluntad de Dios.

Pese a las barreras lingüísticas y culturales, los Eudistas ya se encuentran en Francia, Colombia y Canadá al final del siglo XIV. En la actualidad, en cuatro continentes, pero las distancias culturales y de pensamiento no podrán ser una limitante en el servicio congregacional, los une la misión y la preocupación por el pueblo de Dios. Por eso, hablar el lenguaje de la misericordia es el único que puede unirlos como seres humanos y cristianos Eudistas.

Lenguaje de misericordia que ha expresado Venezuela, una provincia golpeada fuertemente (como toda persona e institución en el entrañable país latino) por las dificultades sociales, políticas y económicas, sabe lo que es vivir la misericordia. “Des­de la llegada de los Eudistas a Venezuela, la experiencia misionera siempre fue un norte. La evangelización de comunidades y pueblos desasistidos y sin formación religiosa se hizo prioritaria y vemos cómo los sacerdotes empiezan a salir de los seminarios en las temporadas fuertes de misión para ir a ‘evangelizar’ a estos pueblos”[5]

Esa salida necesaria y vital por Dios lleva a los Eudistas de todos los lugares y de todas las épocas a encontrar al hombre. El padre Camilo Bernal cjm hablando del Siervo de Dios Rafael Garcia-Herreros dice: “buscando el encuentro con Dios encontró al hombre y a un hombre viviendo en un tugurio y encontrándolo se comprometió con él”. Entonces, comprometerse con el hombre y su dignidad no es solo del tiempo libre, sino que implica comprometer incluso el buen nombre del misionero que acercándose al mísero lleva la fuente de la misericordia.

Claramente el ejercicio misional no se puede realizar solo y ahí la clave es la comunidad que se une para llevar adelante el proceso gestacional y de encarnación. Y bien lo vivió el Siervo de Dios Rafael Garcia-Herreros: “Le vuelvo a decir que estoy desesperado por falta de un sacerdote Eudista. El padre Provincial dice que no tiene y es verdad”[6] .En el año 2009 se crea la Provincia Minuto de Dios, con una voz que retumba y hace vibrar los corazones de todos los Eudistas: “Que el corazón de Jesús nos conceda mucha audacia e intrepidez para hacer crecer el Reino de Dios y para formar entre nosotros, con Jesús y María, un solo corazón”[7] Así pues, el inicial desespero que expresa el padre García-Herreros es respondido por una comunidad que respalda su trabajo hablando de que somos un solo corazón. Y esa unidad comunitaria es profundamente conmovedora.

Los Eudistas a pesar de ser de diferentes latitudes se comprometen en el servicio misional, un Eudista es un hombre encendido en misericordia que se dedica a las misiones y a la formación. Durante este viaje de mar adentro, la misión ha cosechado frutos exuberantes y ha formado en los corazones de hombres valientes con mirada misericordiosa, que trabajaban decididamente. Así pues, la Congregación llega a los corazones africanos y los invita en palabras del padre Severin Lath cjm a: “dejarse interpelar por los primeros eudistas, y como Juan Eudes, a abrir con audacia los caminos nuevos para hacer crecer el Reino de Dios en África”

Esto es realmente emocionante, los Eudistas pronuncian con temblor en su voz el “aquí estoy” porque son conscientes de la necesidad de formar a Jesús en todos los cristianos, a pesar de las dificultades culturales y geográficas, porque saben que es la forma de construir un reino en el que la dignidad del hombre sea reconocida, reestablecida y cuidada. Llegan así a Europa, América, Asia y África. Pero principalmente al corazón de Jesús y María que con y entre nosotros son un solo corazón.

Jefferson García Castrillón | Candidato Eudista Provincia Minuto de Dios

Bogotá, Seminario de Valmaría, 2021

[1] Gerardo Velásquez Morales Cjm. El amanecer histórico de la Provincia Eudista de Colombia. Pendiente de publicación pág. 6

[2] Cf. De ITINERARIO EUDISTA DE LA FORMACION FORMAR A JESUS EN NOSOTROS, Ratio 2020 N° 58-61, para que le des fuerza al argumento. Y constituciones 16-22

[3] Gerardo Velásquez Morales Cjm. El amanecer histórico de la Provincia Eudista de Colombia. Pendiente de publicación pág. 20

[4] Gerardo Velásquez Morales Cjm. El amanecer histórico de la Provincia Eudista de Colombia. Pendiente de publicación pág. 27

[5] Solano, Martín cjm. 90 años en Venezuela, evangelizando y formando. Caracas, 2014. Pág. 31

[6] Jaramillo, Diego cjm. Los Eudistas en el Minuto de Dios. Corporación Centro Carismático Minuto de Dios. Bogotá, 2011. Pág. 12 Carta del Padre Rafael Garcia-Herreros al superior General el 20 de marzo de 1962

[7] Jaramillo, Diego cjm. Los Eudistas en el Minuto de Dios. Corporación Centro Carismático Minuto de Dios. Bogotá, 2011. Pág. 119

De la conversión personal a la conversión pastoral

De la conversión personal a la conversión pastoral

Descubramos el mundo donde tenemos que ser Iglesia.

El mundo contemporáneo experimenta a gran escala una acelerada cultura del cambio, los avances de la ciencia, la tecnología y los nuevos modelos de sociedad, afloran distintas realidades que suponen un reto para las estructuras actuales, desde el núcleo familiar hasta el aparataje organizacional de los Estados, teniendo en cuenta sus dimensiones políticas, económicas y sociales.

Hablar de cambio implica centrar la mirada en lo propio de la persona humana, detenerse en aquello que configura su antropología y lo abre al mundo de las posibilidades y de las relaciones, es entrar en el “caldo de cultivo” que permite su desarrollo y su mayor expresión en los distintos niveles de su multidimensionalidad, es tocar el corazón de su naturaleza que lo hace ser contingente y variable. Por tanto, hablar de cambio es hablar del hombre de ayer, de hoy y de mañana.

Sin embargo, el hombre que se encuentra habituado ontológicamente al cambio se enfrenta a un nuevo paradigma histórico, como lo afirma en su libro “Las edades de la globalización”, Jeffrey Sachs, economista y profesor norteamericano, “vivimos una aceleración del cambio” considerado este como una categoría propia de la innovación, en donde su aceleración exponencial, ha agilizado los procesos, cimentando así, una nueva era o época que obliga a descubrir dónde el ser humano debe ser.

Este “aceleramiento del cambio” ha tocado las puertas de la Iglesia, obligándola a preguntarse sobre sí misma y sobre el mundo: Iglesia, ¿Qué dices de ti misma y qué le dices al mundo de hoy? La institución eclesial no puede ser ajena a este fenómeno histórico que pone entre la espada y la pared a todas las estructuras sociales.

Esta situación posibilitó un importante acontecimiento mundial, el gran Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 – 1965), que promovió un cambio o renovación en la vida de la Iglesia, con el fin de asumir el anuncio del evangelio en coherencia con las exigencias actuales; cada vez se tomaba conciencia de la brecha que existía entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. El Papa San Juan XXIII (1881 – 1963) convocó el Concilio, convencido de que la Iglesia debía adaptar su predicación, su organización y sus métodos de pastoral a un mundo que se había transformado profundamente[1].

El sentimiento de cambio era evidente en todos los sentidos, incluso, aunque Juan XXIII no logró concluirlo, su predecesor, el Papa San Pablo VI, cuando se clausuró el Concilio, el 7 de diciembre de 1965, dijo lo siguiente: «Quizá nunca como durante este Concilio se había sentido la Iglesia tan impulsada a acercarse a la humanidad que le rodea, para comprenderla, servirla y evangelizarla en sus mismas rápidas transformaciones… En el rostro de cada ser humano, sobre todo si se ha hecho transparente por sus lágrimas y dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo«[2]

El impulso renovador del concilio llegó a las tierras Latinoamericanas, siendo el mismo Pablo VI quien denunciara la resistencia de algunos sectores al inminente cambio, por eso el 24 de noviembre de 1965, reunió a la directiva y equipos del CELAM, y a todos los obispos latinoamericanos que participaban en el Concilio, y se lamentó por «quienes permanecen cerrados al soplo renovador de los tiempos, y se muestran faltos de sensibilidad humana y de una visión crítica de los problemas que se agitan a su alrededor… La súplica dolorosa de tantos que viven en condiciones indignas de seres humanos no puede dejar de afectarnos, venerables hermanos, y no pueden dejarnos inactivos«[3]

Ciertamente, el cambio no es posible si antes no se asume un verdadero encuentro personal con Cristo, quien todo lo hace nuevo, sin embargo, no se puede quedar únicamente en el plano personal, sino que el encuentro se traduce en salida misionera, en acción pastoral concreta de comunicación del evangelio y testimonio de entrega y donación.

La V Conferencia General del Consejo del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, realizada en Aparecida, Brasil, centra la mirada en este impulso renovador, sin dejar a un lado los esfuerzos de las asambleas anteriores, desde Medellín (1968) hasta Santo Domingo (1992). El Papa Benedicto XVI, en su discurso inaugural, en referencia a los pueblos de Latinoamérica, afirma: “La fe ha de afrontar serios retos, pues está en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos”.

El gran llamado a los bautizados a “ser discípulos y misioneros de Jesucristo” renovando y revitalizando la novedad del evangelio arraigada en la historia, que es garante y testigo de los profundos cambios que atraviesa la humanidad en el tiempo, esperando una respuesta asertiva de los hijos de Dios que son Luz y Sal de la tierra. Esto implica evidentemente una auténtica conversión que no se reduce sólo a lo personal, sino que trasciende a lo pastoral, es decir, a la capacidad de estar dispuestos a dejar que la Palabra inunde el sentir y el actuar; y a nivel eclesial, disponerse a dejar que el Espíritu Santo lleve por donde Él considere conveniente, aunque eso signifique desprenderse de modelos a los que se está acostumbrado.

Conversión pastoral

La renovación del Concilio Vaticano II ha permeado a la Iglesia y Aparecida lo recuerda para los pueblos de Latinoamérica, teniendo de referencia el mandato de Cristo en el evangelio “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19) El documento conclusivo de esta importante conferencia para la vida de la Iglesia lo enfatiza en su numeral 365:

Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.”

Aparecida insiste que la Conversión Pastoral no se reduce a un cambio de planes sino a una actitud constante de escucha y discernimiento “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta[4] . Esta apertura de escucha no puede prescindir del contexto histórico de los miembros de la Iglesia y los contextos socioculturales bien concretos. La renovación no es cambio de planes, es verdadera toma de conciencia de la vida espiritual, pastoral e institucional, solo así se puede ser coherente con el anuncio del evangelio y un mundo que “gime con dolores de parto” (Rm 8,22).

Se puede resumir la conversión pastoral por medio de las siguientes actitudes: apertura, diálogo, corresponsabilidad, participación, testimonio y comunión. Si las dinámicas pastorales no están atravesadas por estas disposiciones se corre el riesgo de una pastoral con los ojos vendados a la realidad de la gente, lo que significa una ruptura con la instauración del Reino de Dios que se hace efectivo para la salvación de la humanidad en su tiempo, entre el vaivén de los nuevos y permanentes desafíos.

Una Iglesia en salida.

Evidentemente siempre se ha hablado de misión, en unas épocas más que otras, sin embargo, con el Papa Francisco, la misión va acompañada de un sentido transformador de la Iglesia y sus estructuras, lo que marca el camino de conversión que se debe recorrer, es decir, no se trata solamente de llevar el evangelio a quienes no lo conocen o poco saben de él, sino que es la ocasión urgente y prioritaria de hacer una renovación y transformación en la Iglesia:

Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para su autopreservación (EG 27).

La “salida misionera” como lo llama el Papa, es la posibilidad de relación, es la vía de construcción fraterna que hace de la misión una “cultura del encuentro” entre los actores de misión y sus destinatarios, desde el paradigma del anuncio kerigmático hasta la transformación de la realidad a condiciones más humanas para la realización de un mundo mejor. Estar en salida es la mayor vivencia de encuentro con Jesús y con el otro, lo que es un verdadero imperativo para todo bautizado.

Es el momento del discernimiento, la Iglesia debe pasar por el cernidor sus criterios y pensamientos, su quehacer y actuar, con el fin de descubrir cómo ser Mater et magistra hoy, pero, ante todo, cómo dejar que la Palabra y la fuerza renovadora del Divino Espíritu muestre el camino a seguir, las renuncias y adhesiones que se deben realizar y cómo Cristo es la fuente y culmen de todo proceso eclesial:

Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comunidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

Si el creyente no asume un verdadero cambio de mentalidad, una renovación del corazón, y la auténtica armonía de la vida interior, es más difícil responder a los desafíos, porque sin la conversión personal, no se puede dar a Cristo a los demás, como dice la sabiduría popular “Nadie da lo que no tiene” y si no se tiene a Jesús todos los planes quedan vacíos y estériles.

La conversión pastoral parte de la conversión personal, pues solo un corazón encendido de amor por el Señor es capaz de amar a los demás, de salir al encuentro de las realidades cambiantes, del que sufre nuevos dolores y de los rostros marginados donde Cristo está dos veces.

Finalmente, ahora corresponde a cada institución (CJM – Provincias) aterrizar los procesos de renovación y transformación, partiendo del corazón, es momento de posibilitar el cambio, un cambio acompañado del equilibrio y el diálogo con la bondad de la historia y una visión de conjunto, solo así se podrá responder a un mundo multipolar que exige una gobernanza multilateral (interprovincialidad) que permita unir esfuerzos para responder a los retos permanentes del discípulo de hoy. Se necesita un nuevo paradigma pastoral en donde “Nadie se quede sin servir”

La discusión queda abierta, porque no basta la conversión personal y pastoral, se debe seguir avanzando hacia una conversión sinodal, en donde realmente se pueda decir: “Para la misión, juntos”.

 

Maynor Chavarría Reyes

Nicaragüense

Candidato Eudista MD

[1] Morello, G. El concilio Vaticano II y su impacto en América Latina. A 40 años de un cambio en los paradigmas del catolicismo.

[2] Pablo VI, Alocución en la clausura del Concilio Vaticano II, en: Concilio Vaticano II, Madrid, BAC, 1966, 490-493

[3] Pablo VI, Exhortación Apostólica al Episcopado de América Latina en Roma, en op. cit., 851-862

[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Aparecida: CELAM, 2007. No. 366

La herencia del oratorio y el carisma de Felipe Neri en la experiencia misionera de San Juan Eudes

La herencia del oratorio y el carisma de Felipe Neri en la experiencia misionera de San Juan Eudes

Escrito por: Luis Novoa | Candidato Eudista

Para el siglo XVI la Iglesia estaba viviendo una dura crisis debido a la reforma protestante de 1517, sumado a las malas prácticas en una buena parte de la estructura jerárquica: sacerdotes, obispos y cardenales luchaban por el poder y el deseo de querer tener los mejores territorios preocupándose de esta manera solo por sus intereses personales y descuidando grandemente al pueblo de Dios que estaba sumido en la miseria y pobreza.

Los fieles habían sido descuidados por completo por quienes dirigían la Iglesia, por quienes debían cuidar y velar por sus almas; la falta de sacerdotes que se preocuparan por la salvación del pueblo eran muy pocos y existía una exclusión y división en la que se creía que no todos eran dignos de Dios y la salvación dada por Jesús, muchos clérigos despreciaban a los pobres por no tener los recursos para sus propios intereses.

En el corazón de san Felipe Neri, ardía el deseo de llevar a cumplimiento las palabras del mandato de Jesús en el evangelio, tomando como suyas las del pasaje de Marcos 16, 15. “Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda creatura”, por lo cual quería llevar la buena nueva a los lugares más recónditos y por eso deseaba emprender viaje a Asia y ser parte de la Compañía de Jesús (jesuitas); sin embargo, este no fue aceptado ya que el camino que tenía trazado Dios para él era muy distinto.

Para el año 1575 viendo la necesidad y la sed de Dios, desarrolla una misión a la luz del evangelio siendo los pobres y necesitados su opción preferencial. Con este principio se dedicó a formar una pequeña comunidad compuesta de sacerdotes y laicos destinada a la instrucción de la juventud y a procurar por todos los medios posibles la salvación de las almas.

Felipe responde a la realidad que vive la Iglesia en ese momento y de una manera distinta evangeliza y redirige la evangelización para animar y formar a todos los sedientos y necesitados de Dios. Hace una relectura del evangelio donde no hay exclusión, en una Iglesia viva que tiene como centro a Jesús en la que todos se pueden salvar, en la que se derrama la misericordia del Padre y actúa eficazmente el Espíritu Santo.

Con la convicción de este insigne personaje, otros actores históricos como san Francisco de Sales y Pierre de Bérulle, que guardaron una contemporaneidad, fue suscitándose en la Iglesia un espíritu apostólico que fijó la mirada en la formación de los creyentes, enfocada bien sea en la educación de niños y jóvenes, como en el caso del padre Neri o en la instrucción inicial y permanente desde las directrices del Concilio de Trento

El espíritu apostólico de Francisco de Sales por querer que todos aquellos que seguían erróneamente doctrinas falsas regresaran a la fe de la Iglesia, funda, inspirado en el oratorio de Felipe Neri el centro con un nombre similar al del Santuario de la Santa Casa de Loreto, la Santa Casa de Thonon (Sainte-Maison), con el propósito de evangelizar y convertir a los protestantes luchando incansablemente por la causa de Cristo. Muy humano, se interesa y pone por centro el amor y la alegría como camino decisivo a la santidad.

Después del concilio de Trento se inicia en la Iglesia la reestructuración de la formación de sacerdotes, en algunos lugares, fue dirigida por obispos y cardenales como el ilustre Carlos Borromeo; él mismo por su parte, constituyo los seminarios para Italia, siendo así un reformador de la época pos tridentina. Francia no fue la excepción en aplicar la reforma de Trento y Jean-Jacques Olier junto con un grupo de asociados funda los primeros seminarios que más tarde serán reconocidos como sulpicianos.

Vicente de Paul se enfoca en Jesucristo liberador y evangelizador de los pobres; entregando mente y corazón a los necesitados, desarrollando una profunda conciencia de amor misionero por la Iglesia y da gran importancia a la Palabra de Dios, invita a una espiritualidad encarnada que permite abrazar la mística de la caridad misionera de Cristo. Todo esto, permite profundizar en la misericordia de Dios que ama e invita a amar

Aún en el siglo XVII, es una época con grandes necesidades tanto materiales como espirituales, hacen que san Juan Eudes quiera de gran manera contribuir a la formación de los sacerdotes y el pueblo; por lo cual, emprende grandes misiones por casi toda Francia con el deseo que conozcan y amen al Padre de las misericordias y el corazón santísimo de su Hijo Jesús. Se convierte en un gran predicador, evangelizador y formador de sacerdotes.

Luego de su paso por el oratorio y de lo aprendido de sus grandes maestros Pierre de Bérulle y Carlos de Condren; el padre Eudes funda una pequeña congregación con el deseo que formar pastores según el corazón de Dios al servicio del pueblo con corazón grande y animo decidido. El proyecto congregacional emprendido por Juan Eudes continuó enfocado al ejercicio misionero; el ímpetu de motivar corazones encendidos en la caridad cristiana se hizo a partir de una estructura apostólica y dinámica capacitada para el acompañamiento de la Iglesia.

Es evidente que, en cada uno de estos periodos históricos, las álgidas circunstancias que atravesaron a la Iglesia llegaron a ser muy similares: el clero carente de formación y distante de la comunidad laical, orientado a servir una estructura monárquica o jerárquica más que a la Palabra, promovían un discurso exclusivo y excluyente, inalcanzable para la gente de su época. Desde Felipe Neri hasta Juan Eudes hay una “herencia espiritual y evangelizadora”, la cual se vislumbra en cómo su opción de fe contó con el impulso, la persistencia y creatividad necesaria para cautivar la Iglesia de su tiempo.

Afirmar que el carisma Eudista es “formar y evangelizar” significa acoger el legado de estos actores históricos, adentrándose en el “espíritu del educador” que se involucra con el educando, y encarnando la “opción del evangelizador”, que lee, analiza y obra. La vinculación de estos dos elementos genera una comprensión de lo que podría ser hoy la espiritualidad y de aquella elocuente frase mencionada anteriormente: “Corde Magno et animo Volenti”, con corazón grande y animo decidido.

¿Para qué me ha hecho Dios?: Rasgos antropológicos de la espiritualidad eudista

¿Para qué me ha hecho Dios?: Rasgos antropológicos de la espiritualidad eudista

Durante el desarrollo del Tiempo Especial de Formación Eudista Interprovincial, los candidatos que participan del mismo, han tenido la oportunidad de presentar periódicamente una serie de artículos siguiendo la temática que los sacerdotes expertos van impartiendo a lo largo de las semanas. A continuación compartimos el artículo escrito por el candidato eudista de la Provincia Minuto de Dios, Jorge Luis Baquero:

El núcleo central del ejercicio teológico es la reflexión sobre la experiencia humana de fe con base en un principio teologal fundante: la revelación de Dios en la historia. Adentrarse en la comprensión de este aspecto esencial implica la apropiación y clarificación de dos ideas: el sujeto que experimenta y la imagen de Dios que inspira y suscita la fe. Esto conlleva a concluir que sólo es posible apalabrar algo mínimo sobre el Misterio de Dios si se tiene una percepción de lo que el ser humano es y significa. La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia no son ajenas a esta afirmación, aun guardando algunas diferencias en los postulados y formas del discurso, la relación íntima de la humanidad con Dios es ineludible en la diversidad de teologías.

San Juan Eudes, uno de los insignes escritores eclesiásticos del llamado “gran siglo de las almas”[1] no omite este fundamento, toda su propuesta espiritual y teológica tiene como objetivo final el encuentro y la unión entre lo divino y lo humano. El aprendizaje bajo el amparo de la escuela de Bérulle le ha otorgado la gran base de su pensamiento que optara por desarrollar en el camino de su ministerio: La plenitud de la vida cristiana consiste en formar a Jesús en la realidad humana, o en palabras mucho más elocuentes, en continuar y completar la vida de Jesús.

No obstante, apropiarse y comprender tal afirmación se hace muy complejo de entender si no se tiene claridad sobre los rasgos humanos que han de disponerse para este versado propósito. ¿Cuáles son las características de la persona que experimenta el llamado a entrar en relación con el Misterio Divino? Aproximarse a esta pregunta podría forjar una respuesta genérica, si llegase a afirmarse que estas particularidades se remiten a una serie de virtudes morales, y aunque esto sea verídico, va mucho más allá. El ser humano no es únicamente virtudes, es en sí mismo una totalidad, en la cual, la vulnerabilidad es algo inherente.

En este orden de ideas, el significado de la vida cristiana como un “continuar y completar en nosotros la vida de Jesús” no se asume como algo que anule la fragilidad, sino la resignifica. A lo anterior, desde la escuela eudista, se le ha denominado: el proceso de la vida cristiana[2]. El padre Eudes tenía esto muy en claro; tanto en sus escritos personales, El voto de servidumbre, El voto de martirio y El memorial de los beneficios de Dios, como en los apostólicos, Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas, pretende que sus lectores identifiquen su debilidad, y a razón de esto, su necesidad de Dios: “Por nosotros mismos nada somos ni podemos; somos pobreza y vacío. Debemos acudir a Dios a cada instante para recibir de él cuanto necesitamos”[3].

No se trata de una lectura pesimista del ser humano, sino de una “profesión de la gracia”, en la cual vislumbra que la cumbre de realización está en que Jesús sea todo en todos[4]. El dinamismo evangelizador que impulsó el espíritu misionero de Juan Eudes tendía a esto, pero su fuente radicaba en la sencillez de los hombres y mujeres, que, en su época, eran marginales por causa de modelos políticos promotores de injusticia y de una Iglesia carente de formación y celo pastoral. Esta es la nada y el vacío que necesita de Jesús; la vulnerabilidad natural y la vulnerabilidad condicionada son las destinatarias de la Vida y el Reinado del Señor, el cual se proyecta en el camino constante de la renuncia y la adhesión.

Que Juan Eudes, a través del ejercicio de las misiones, ponga su mirada en la vulnerabilidad cómo principio ineludible para contemplar la acción de Dios, lo conduce a plantear una espiritualidad como un proyecto de realización integral en Cristo, que se orienta a vivir la plenitud de la resurrección, claramente representada en la dignidad del ser humano libre ante el espíritu del mundo, es decir, frente a todo aquello que es causa de sometimiento. Este proyecto lo propone con la siguiente afirmación: “Nuestro deseo, nuestra preocupación y tarea principal debe ser formar a Jesús en nosotros, haciendo que en nosotros viva y reine, con su espíritu, su devoción, sus virtudes, sus sentimientos, inclinaciones y disposiciones”[5].

Es interesante ver la manera en que el padre Eudes hace referencia a tan detalladas características antropológicas para referirse a Jesús el Cristo, interpretándolas como antropomorfismos que dan rostro a su persona, y que son otorgadas al ser humano. Claramente se trata de un desarrollo de la teología en torno al Misterio de la Encarnación, en el cual se vislumbra la integralidad de este proyecto espiritual. Sentimientos, inclinaciones y disposiciones dibujan el significado del rostro humano: herido e hiriente; víctima y victimario; despojado y revestido; limitado, pero jamás condenado. Rostro virtuoso y fragmentado, que en palabras de Bérulle, es una nada con capacidad de Dios.

No obstante, este rostro se define también por la corporeidad, pues solo a través del cuerpo se expresa la significación del sentimiento, la disposición y la inclinación. En el contexto de Juan Eudes, la base del pensamiento estaba aún permeada por el pensamiento Tomista y Agustino, en los cuales era evidente una distinción entre el alma y el cuerpo. Aunque Juan Eudes pudiera tener nociones de estas escuelas, su opción teológica por “la formación de Jesús” se convirtió en un principio teológico para afirmar que, sin el cuerpo, el proyecto espiritual de hacer que Jesús sea todo en todos no está plenamente realizado. Varias frases hay en las obras escritas de Juan Eudes que dan forma a una espiritualidad con el cuerpo: “Considera tu salud, tu vida y tu cuerpo no como algo tuyo, sino como uno de los miembros de Jesús, al cual pertenece, según la palabra divina: el cuerpo es para el Señor (1 Cor 6, 13), y que debes cuidarlo, no para ti sino para Jesús, para su servicio”[6]

Por la gracia divina, el ser humano está llamado a reconocerse como ser integral, que entre su nada, vacío y su gran capacidad de Dios se adentra en un proceso existencial en la cual hace lectura de sus sentimientos, disposiciones e inclinaciones expresadas en su corporeidad y se encamina a adherirse a Jesús, quien, al revelar al Padre, mostró el camino hacia la plenitud, reflejada en la consolidación de relaciones positivas con los otros. En esto radica la respuesta a una insigne pregunta que plantea Juan Eudes en los Coloquios interiores, y se toma como título de este escrito: ¿Para qué me ha hecho Dios? La manera en cómo él responde no suscita otro sentir que la conmoción: “Para él, para que piense en él, hable de él, obre por él y me sacrifique por su gloria. Porque no es solo mi principio y prototipo sino también mi fin”[7].

La diversidad de respuestas que expresa Juan Eudes sintetiza el resultado de una vida proyectada en Jesús, pero a su vez, muestra claramente un espíritu misionero expresado en tres palabras: hablar, obrar y sacrificarse por él. Con lo anterior se concluye que la completitud de los rasgos antropológicos de la espiritualidad eudista no se considera exclusivamente desde la individualidad sino desde una apertura comunitaria, la cual se construye en un gran movimiento evangelizador basado en el mismo principio teológico de la Formación de Jesús, pero orientado hacia la cultura del encuentro. De ahí que Juan Eudes afirme lo siguiente con relación a la Iglesia: “Su único propósito, en todas sus funciones, es formar a Jesús en los corazones de sus hijos”[8].

No se agota aquí lo que podría decirse sobre la antropología de la espiritualidad eudista; en los tratados sobre el Bautismo, el sacerdocio y el Corazón es este un tema transversal, materia de una próxima investigación.

[1] Raymond Déville. La escuela francesa de espiritualidad ayer y hoy. (Ediciones Monfortianas), 2007

[2] Álvaro Torres. El proceso de la Vida Cristiana.

[3] San Juan Eudes. Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas. (O.C. I, 191)

[4] San Juan Eudes. Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas (O.C. I, 273)

[5] San Juan Eudes. Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas. (O.C. I, 272)

[6] San Juan Eudes. Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas. (O.C. I, 261)

[7] San Juan Eudes. Coloquios interiores. (O.C. II, 140)

[8] San Juan Eudes. Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas. (O.C. I, 272)