Los días en San Pedro de los Milagros han transcurrido con gran entusiasmo. La semana desde el lunes 13 al domingo 19 de mayo comenzamos nuestros estudios de las Reglas Latinas, que son las Reglas de la Congregación de Jesús y María, las cuales –como lo señala Juan Eudes– fueron “entregadas a todos los miembros de esta Congregación por Cristo Jesús y por María, su Santísima Madre”. Nos estuvo acompañando toda la semana el Padre José Gregorio Rodríguez, quien se dedicó a abordar cada capítulo de estas Reglas que son una maravillosa síntesis de espiritualidad bíblica, lo que convirtió cada conferencia en un encuentro vivificante con la Sagrada Escritura, desde donde Juan Eudes idea magistralmente una serie de enunciados escritos de una manera concisa, bella y creativa para los miembros de su Congregación.

Estas Reglas Latinas, nombre con el cual se conocen al interior de nuestra familia, como sabemos, están divididas en dos grandes partes: La Regla del Señor Jesús y la Regla de la Santísima Virgen María. Ambas fueron escritas en latín, diferente a las Constituciones de la Congregación que fueron escritas en francés. Si bien, estas Reglas como norma especialísima que el mismo Juan Eudes crea y pone como autores principales a Jesús y María, denotan un grado alto de comprensión y lectura bíblica muy elevado. Es importante recordar que ya existían otras Reglas antiguas como la de san Basilio, san Agustín, san Benito y la de san Francisco, sin embargo, Juan Eudes no pensó someter a los miembros de su Congregación a una regla religiosa, ya que se oponía a la naturaleza del proyecto que él había fundado.

La Congregación no era una Orden Religiosa, sino un cuerpo puramente eclesiástico, destinado a llevar a sus miembros a la perfección de su estado, haciéndolos modelos y educadores del clero secular, en cuya categoría se proponían permanecer. De ahí que ninguna regla existente aplicaba para este estilo de vida que proponía el Padre Eudes, por eso creó su propia Regla, basándose en versículos bíblicos que usó perfectamente como si se tratase de pequeños retazos de tela que fue uniendo con el hilo de la sabiduría que le otorgaba el Espíritu Santo, cuyo resultado fue un traje precioso con el cual los eudistas han de revestirse todos los días de sus vidas.

San Juan Eudes, maestro de vida espiritual, como lo señala “Discípulos de Jesús en la Escuela de san Juan Eudes”, supo recoger con sumo cuidado las más bellas enseñanzas de la biblia, sobre los deberes de la vida cristiana, las obligaciones del sacerdocio y las virtudes particularmente requeridas de la vida comunitaria; las agrupó metódicamente y las unió de tal manera que forman un texto continuo. Poner a Jesús y María como autores de estas reglas, no es más que encontrarse con nuestros Fundadores y Superiores que ahora cobran vida al pronunciar las palabras de la Sagrada Escritura y le hablan a sus hijos con autoridad, humildad, sencillez y confianza.

El jueves 16 de mayo hicimos una pausa en el estudio de las Reglas Latinas para unirnos a una conferencia virtual con el Padre Pierre Drouin, que se conectó desde Canadá. El P. Pierre se ha dedicado a estudiar detenidamente el perfil bíblico de san Juan Eudes, brindando aportes a los eudistas en este tema. Para él, los miembros de la Congregación hemos de volver cada vez más a la Sagrada Escritura como bien lo supo indicar san Juan Eudes, no tanto con el ansia de un estudio académico, sino con el deseo de escuchar al Maestro con el corazón, de “leer sin comentarios” la Santa Palabra.

La lectura de la biblia marcó a los miembros de la Congregación en los primeros años de su fundación. Leída y orada en un espíritu de respeto y tenida como una norma de vida. Sin duda alguna, y como lo constatan las Reglas Latinas, la Biblia es la fuente de toda la espiritualidad eudesiana y así anhela que los miembros de esta familia puedan tener en sus vidas la Escritura Divina: fundamento, regla, norma y vida de nuestra vida. Decía el P. Pierre: “La Escritura es como el corazón de Dios que contiene sus secretos y que es el principio de sus hijos”, así lo comprendió Juan Eudes, a ejemplo de otros grandes santos como Agustín de Hipona. El llamado sigue vigente para los eudistas de hoy: más allá de los compromisos que responden a la misión que ejercemos, debe existir en nuestros corazones la sed de escuchar a Dios, cuya saciedad la encontramos volviendo cada día, con ánimo decidido, a la Sagrada Escritura.

Quiero finalizar recordándoles que esta semana hicimos nuestra preparación para Pentecostés. Durante los siente días previos a la Cincuentena Pascual, nos unimos cada tarde con la Comunidad de San Pedro de los Milagros en jornadas de oración al estilo de la Renovación Carismática Católica. Con el Cerco de Jericó nos adentramos en un camino de liberación y sanación para gritar victoriosos el sábado por la noche: “¡Llegó el Espíritu Divino a mi vida!”. Durante los siete días se dedicó cada tarde a una predicación que “movió corazones”, disponiéndolos a “derrumbar muros” que no nos habían permitido vivir en una sanación integral que solo puede otorgarnos el Dios de la vida. El sábado por la mañana organizamos un retiro: “Sanados por el poder del Espíritu Santo”, donde con prédicas, dinámicas, reflexiones y adoración eucarística, recibimos el bautismo en el Espíritu Santo.

De este modo llegamos preparados para nuestra Vigilia de Pentecostés, que fue organizada pensando en tantas personas que fueron sumándose de manera incontable cada día a nuestros encuentros. Fue sin duda una noche maravillosa, llena de júbilo y presencia de Dios. Este gozo pascual no ha terminado, el corazón continúa rebosante de la prensencia del resucitado. Seguimos avanzando en este bello tiempo que Dios nos ha concedido para adentrarnos más en la Espiritualidad Eudista y lo hemos caminado como ese pueblo de la Pascua que va enarbolando las banderas de la victoria de Cristo Resucitado, esos que enarbolan la victoria del Corazón de Jesús que se levanta glorioso sobre la humanidad entera.

Damos infinitas gracias a Dios por tan grandes beneficios,

somos suyos, no queremos nada más que a Jesús.

¡Corazones de los hombres, bendigan al Señor!

¡Venga a nosotros el Reino de tu Espíritu!

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